Conductas de riesgo: Alcohol y adolescencia

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“Conductas de riesgo en adoescentes que cosumen alcohol”  Tomado de Tu Cerebro, Libro para Adolescentes (Ediciones B 2013) de la neuropsiquiatra chilena Amanda Céspedes .

 

Es una costumbre ampliamente difundida brindar entrechocando las copas de vino o cerveza mientras se desea salud. Este clásico “a su salud” en el momento de brindar parece provenir del entrechocar de copas que se llevaba a cabo en la Europa medieval en el momento de beber vino, y que permitía que se comprobase que ninguno de ambos bebedores tenía su copa envenenada, pues al entrechocarlas, estas salpicaban su contenido en la copa del otro, asegurando así que ninguna de ellas contenía veneno. Quedaba garantizado que en ambas copas reinaba la salud.
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Hacia fines del siglo VIII se difundió por la península ibérica la noticia de que uno de los apóstoles, Santiago el Mayor, estaría enterrado en tierras gallegas. Un ermitaño llamado Pelayo dijo haber visto una estrella posada en un bosque; ese lugar sería denominado Campus Stellae (el sitio de la estrella), que luego sería Compostela, convirtiéndose algunos siglos más tarde en un sitio de peregrinaje. Los reyes españoles, temerosos de los asedios musulmanes, crearon una serie de monasterios a lo largo del camino a Santiago de Compostela. Los peregrinos solían pernoctar en alguno de esos monasterios, los que ofrecían hospedaje y atenciones de salud, conociendo de ese modo el arte de la fermentación del vino y la elaboración de licores que contenían hierbas aromáticas que habían desarrollado los monjes, además de sus dulces y quesos. Agotados por el largo viaje a pie, en los monasterios los peregrinos aprendieron a conocer esos brebajes, cuya preparación era un secreto pero les permitían fortalecerse para seguir el viaje. Muy pronto los monasterios que bordeaban el camino a Santiago se hicieron famosos por sus licores, entre ellos el coñac, el benedictine, el brandy.

Sin embargo, la cultura del beber alcohol, tan difundida hoy entre ustedes los adolescentes, no parece guardar relación precisamente con la salud, justificando la creciente preocupación del mundo adulto por los fenómenos sociales asociados a dicha cultura, como el inicio cada vez más temprano del beber, el aumento de los bebedores problema en menores de 18 años, el creciente número de mujeres adolescentes que comienzan a beber tempranamente, los accidentes y muertes asociadas al beber, etcétera. Curiosamente, toda la sociedad se muestra preocupada, excepto ustedes, los chicos y chicas de 13 años en adelante, para quienes el beber alcohol forma parte de una conducta social completamente normal y plena de sentido a la hora de utilizar el tiempo libre dedicado al ocio y a la diversión.

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El alcohol ejerce varios efectos a nivel neuronal; estos efectos son inmediatos una vez ingerida la bebida alcohólica y directamente proporcionales a la cantidad de alcohol contenido en la bebida. Varios de tales efectos son agudos, desaparecen una vez eliminado el alcohol de la sangre, pero mientras están presentes pueden ser causa de situaciones de mucho riesgo, como la pérdida de la “censura interna” prefrontal (que facilita las pendencias y las conductas sexuales promiscuas), las dificultades de coordinación motriz (muy peligrosas si vas a conducir un automóvil o una bicicleta) y el coma etílico. Pero también hay efectos a largo plazo, el principal es que deshidrata la célula, con lo cual ésta se ve seriamente afectada en su metabolismo. En segundo lugar, el alcohol altera la mensajería neuronal, y dichas alteraciones pueden ser irreversibles. Todos estos efectos tienen un modo particular de ocurrencia en el cerebro adolescente.

Dentro de los efectos agudos derivados de la cantidad de alcohol presente en la sangre (ya vimos que el hígado es tan lento en metabolizarlo que se queda por muchas horas circulando y ejerciendo sus efectos sobre los distintos órganos), está la sedación, que es provocada por un aumento de la actividad de inhibición cortical. El mensajero químico inhibitorio se llama GABA (ácido gama amino butírico), y se ha demostrado que los púberes y adolescentes tienen una menor actividad GABA en la corteza cerebral (en otras palabras, es una corteza cerebral más “excitada”). Eso explica que toleren mayor cantidad de alcohol en la sangre con menos efecto de sedación. Esta es la razón por la cual muchos adolescentes (probablemente tú entre ellos) afirma tener “una estupenda cabeza para el alcohol… Puedo beber mucho sin embriagarme”. En realidad, lo que estás afirmando es que cantidades elevadas de alcohol te producen menos sedación, lo cual no es sinónimo de menos embriaguez. Es probable que ese chico o chica esté notoriamente ebrio, “arriba de la pelota”, pero no se siente somnoliento ni más lento en sus tiempos de reacción. Otro efecto agudo del alcohol en el cerebro es sobre las neuronas de la corteza prefrontal, encargadas de la toma de decisiones y de la administración social e intelectual. Esta corteza está en un activo proceso de cambios durante la pubertad y adolescencia, de modo que es mucho más sensible a la acción del alcohol, el que favorece conductas impulsivas por pérdida de la autorregulación, dificultad para evaluar situaciones (y de ese modo tomar decisiones sensatas) y una menor capacidad para registrar información del contexto.

Estos son los efectos inmediatos del alcohol sobre tu organismo. Pero es necesario tener presente:

- que la mayoría de los adolescentes y jóvenes bebe todos o casi todos los fines de semana.

- que el 95 por ciento del alcohol consumido en un fin de semana se metaboliza lentamente en el hígado, de modo que tu sangre permanece por muchas horas inundada de una toxina que aprovechará esas horas en “la sala de espera”, viajando pacientemente por tu sangre, para actuar sobre las células de tu organismo. Es su modo de diversión para no aburrirse mientras aguarda a que la oxiden las células hepáticas.

- que esa toxina llamada etanol suele ir mezclada con otros alcoholes extraordinariamente dañinos para todas las células, entre ellos, el metanol.

- que las células en proceso de desarrollo son las más apetecidas por el alcohol, el cual busca deshidratar la célula, dañar sus membranas y destruir sus receptores sinápticos.

- que las etapas del desarrollo más vulnerables al ataque del etanol son la pubertad (de los 13 años a 15 años en promedio) y la adolescencia (de los 15 a los 21). Ambas etapas son sinónimo de activa mielinización y conectividad sináptica.

- que las regiones donde estos procesos neurobiológicos son más activos son la corteza prefrontal, la corteza temporal profunda y sus conexiones (ganglios basales, por ejemplo) y esos sitios donde está ocurriendo neurogénesis acelerada: hipocampo, amígdala, cerebelo.

- en consecuencia, los daños tóxicos por alcohol en dichas zonas tan activas pueden ser irreversibles. Recuerda: nuestras acciones de hoy dejan una huella para el futuro, una especie de programación biológica latente, que más tarde o más temprano se va a expresar en la emergencia de un trastorno neurológico o psiquiátrico o ambos.

- la acción tóxica lenta y sostenida sobre la corteza prefrontal izquierda va a derivar en una pérdida progresiva de la capacidad de administrar tu inteligencia. Con el tiempo te vas a percatar que te resulta cada vez más difícil organizarte; planificar tu día; focalizar la atención en una tarea intelectual y persistir en ella (por esa razón sacas tus cuadernos para estudiar, los cierras y te vas a ver televisión o a jugar videojuegos); cada día te va a ser más difícil tomar decisiones y llevarlas a cabo y con el correr del tiempo los demás advertirán que te has tornado irascible, ansioso, impaciente; que las cosas pequeñas te ofuscan y te has vuelto terco y obstinado. Los daños a la corteza prefrontal derecha te irán transformando en un pequeño Phineas Gage, brusco, sin criterio social, quizá incluso pendenciero y grosero. El problema es que no estás dispuesto a reconocer tu cambio de personalidad, adjudicando las crecientes dificultades que van surgiendo en tu vida a los demás.

- La acción tóxica sobre la amígdala cerebral va a provocarte una persistente ansiedad; se trata de un incómodo estado de sobrealerta, como si algo o alguien te amenazara, obligándote a andar a la defensiva (“perseguido”) y sobrereaccionando a situaciones que carecen de verdadero carácter amenazante. Como podrás imaginar, la ansiedad es tan molesta que buscarás aliviarla… bebiendo más alcohol, fumando más cigarrillos o relajándote con un porro de marihuana.alcohol-menores--300x180

- la lenta toxicidad sobre el hipocampo va a destruir tus flamantes nuevas neuronas además de las antiguas. El resultado: cada día te será más difícil aprender sin olvidar.

Te ocurrirá lo siguiente: estudiarás a conciencia, te irás a dormir en paz porque fuiste capaz de desechar todas las tentaciones tecnológicas que te distraen y te entregaste con entusiasmo al estudio. Sin embargo… al día siguiente, sentado frente a la prueba escrita o de pie ante el profesor que te interroga, descubres que tu mente está en blanco. Te resulta imposible recordar nada de lo que creías haber aprendido tan bien.

Camino a casa vas refunfuñando “pero si me lo sabía tan bien… Es que la prueba estaba mal diseñada, ¡qué preguntas más difíciles!”. La verdad es otra: para aprender, recordar, relacionar e integrar lo aprendido se requiere que en las neuronas que activaste se produzca un fenómeno llamado “potenciación de largo término”, y tu amigo el etanol lo que hace es precisamente lo contrario: favorece la “depresión de largo término”en la sinapsis. Algo así como bajar el volumen del equipo en vez de aumentarlo. Y para colmo, una vez que tus neuronas han aprendido algo, ese aprendizaje se va al kárdex llamado hipocampo, donde se archiva del mismo modo que en tu laptop envías tus files a “mis documentos”. Pero… las neuronas del hipocampo están siendo sutilmente podadas por acción del etanol. Imagina enviar un archivo a “mis documentos” y al día siguiente comprobar que se extravió para siempre.

- ¿Y el cerebelo? En realidad, este pequeño órgano escondido bajo la gran capa cortical es un personaje épico pero por mucho tiempo fue ignorado por los neurobiólogos, quienes sólo le adjudicaban funciones de coordinación motriz. De allí el clásico chiste sobre borrachitos, que deben sostenerse del poste porque no logran caminar en línea recta. Sin embargo, hoy sabemos mucho sobre el pequeño cerebelo y eso que sabemos nos asombra. Posee tres veces más neuronas que toda la corteza cerebral, y su organización es muy semejante a la de un sofisticado computador. Envía millares de axones a la corteza cerebral y recibe otro tanto, a tal punto que deberíamos hablar siempre de “complejo cerebro-cerebelo” en vez de simplemente “cerebro”. El cerebelo cumple tres grandes grupos de funciones, sin las cuales nuestra vida sería una completa ruina. En primer lugar, se encarga de los programas motores básicos de nuestra especie (caminar, correr) y de los aspectos finos de la programación motriz.

Un ejemplo muy claro es nuestro lenguaje verbal: para poder coarticular los sonidos formando palabras, frases y textos discursivos en forma fluida, el cerebelo “apura” a la corteza frontal encargada del habla. Lo mismo hace en el cerebro de un violinista cuando éste está ejecutando una de esas locas composiciones de Paganini. En segundo lugar, el cerebelo es un modulador de nuestros estados emocionales, participando en los mecanismos de regulación. Sin un cerebelo sano las personas se tornan lábiles en lo emocional, lloran sin motivo, reaccionan de manera airada frente a situaciones banales y se deprimen con mucha facilidad. Finalmente, nuestro pequeño “niño maravilla” llamado cerebelo se encarga de automatizar lo que aprendemos, de comprimir la información archivada en “carpetas” perfectamente clasificadas y ordenadas, para favorecer una evocación rápida y fluida, lo cual es esencial para la eficiencia intelectual. ¿Te imaginas a un alumno de último año de Media que no se sabe las tablas y debe recurrir a sumar mientras resuelve una ecuación? Gracias al cerebelo, después de un tiempo de práctica los aprendizajes básicos acuden a nuestra mente con enorme facilidad para permitirnos realizar aprendizajes más complejos.

Podríamos continuar entregando evidencias sobre la toxicidad del alcohol sobre el cerebro en desarrollo, pero no es la idea cansarte con datos neurobiológicos.

Preferimos invitarte a que reflexiones acerca de lo que acabas de leer y procures insertarlo en un marco conceptual esencial para los autocuidados: el concepto de huella o programa biológico, que en definitiva no es más que la certeza de que todo lo que hoy sembramos en la tierra fértil de nuestro maravilloso cerebro, mañana se convertirá en cosecha. Si siembras tóxicos, cosecharás destrucción y sus consecuencias.

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