Los hijos del hastío

El emperador ha quedado desnudo a la vista de todos, como en el cuento de Andersen. Los colegios particulares, donde estudia la élite, esos que cobran aranceles desmedidos, muestran resultados desastrosos en lectura; la educación chilena, en vez de nivelar para arriba, está nivelando hacia abajo.

no saenYa no hay un “arriba” al cual aspirar o imitar. Por lo menos en el ámbito de las humanidades. ¿Y por qué este resultado catastrófico? No pretendo demonizar la tecnología frente al libro: ese no es el tema. Lo digital coexistirá con lo impreso, como hoy la radio con la televisión. Tampoco creo en que el libro sea un objeto obsoleto: la reaparición del tocadiscos en gloria y majestad desmiente a sus sepultureros. ¿Alguien se atrevería a dar por muerto el libro, tal vez la invención tecnológica más importante de la historia?

En un mundo vertiginoso, donde abunda la información y el ruido, la literatura es un refugio, un oasis, un antídoto contra la soledad y la alienación. Un espacio donde florece la gratuidad en tiempos de glorificación del rendimiento. Por ello es tan preocupante saber que nuestros jóvenes de la élite no leen ni comprenden lo que leen. Porque la literatura tiene sus propios placeres y epifanías que ayudan a “recargar” la vida de asombro y entusiasmo.

Los padres, que se movilizan para protestar por el exceso de tareas que los niños llevan a la casa, debieran empezar a llevarse ellos mismos algunas tareas para la casa: ¿Cuánta atención les están dedicando a sus hijos? ¿Qué lugar ocupan los libros en las casas? ¿Son un adorno o circulan, se hojean, se disfrutan, se comentan? Tenemos una generación de niños y jóvenes de clase media y alta abandonados, entregados a iPads, iPhones, regalados a diestra y a siniestra. La conversación con las frías pantallas reemplazó el encuentro cara a cara. ¿Alguien les lee cuentos a los niños, y mantiene la posta de ese rito sagrado, que impide se seque el pozo de la infancia?

Una oralidad rica es tan importante como la lectoescritura. Hemos olvidado la riqueza de la oralidad popular, generosa en refranes, dichos, y ahora estamos perdiendo nuestro acervo cultural escrito, que es donde se nutría la élite del siglo XIX. Crucemos los datos: consumo desmedido de alcohol entre los adolescentes chilenos, analfabetismo, vidas donde todo sobra y nada cuesta y donde falta lo esencial: el sentido. Mezcla explosiva de la que estos malos resultados en comprensión lectora son solo uno de los síntomas.

¿Y los profesores? Los profesores hemos perdido la convicción de que la lectura, la buena literatura pueden entusiasmar a las nuevas generaciones. Hemos convertido la lectura, que es un goce, un placer, un “vicio impune”-como decía Borges-, en una obligación, en una rutina tediosa y mecánica. Hemos desoído el consejo de Gabriela Mistral: “No coloquéis sobre la lengua viva de los niños, la palabra muerta”. Olvidamos que no hay un solo ser humano que no quiera que se le cuente un cuento. Dejamos de ser los narradores que debíamos ser para convertirnos en pasadores de materia.

El sistema nos obligó a ser esclavos de indicadores externos. Este mismo indicador de la lectura (la prueba Simce) corre el riesgo de profundizar el problema en vez de solucionarlo y es probable que los “especialistas” quieran ahora aplicar con más intensidad sus recetas, recetas que son coadyuvantes del mismo fracaso. ¿Y adónde nos llevan esas recetas? A que los niños, en vez de leer a Homero, los hermanos Grimm o los cuentos populares chilenos -e identificarse con sus héroes y míticas hazañas-, lean artículos periodísticos breves para responder pruebas de alternativa. Esos niños que serán jóvenes, frente a las pobres alternativas que se les ofrecen en el colegio y la casa, solo anhelarán que llegue el fin de semana para “borrarse” en carretes cada vez más proporcionalmente alienantes al sinsentido ambiente.

Son los hijos del hastío y ya no saben leer.

 

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