La Escuelita

Chile, Región del Maule, Comuna de Teno, Sector de Santa Rebeca… espacio rural de la zona, caminos de tierra, escasa locomoción, el blanco de las montañas bañadas en nieve puede casi tocarse con la mirada, el verde de los campos, los cerros y los animales reposando la vida… Ahí, entre medio de todo eso, justo luego de un puentecito de madera a mano izquierda siguiendo la curva, se encuentra la Escuelita de Santa Rebeca. Cursos compartidos, de pocos alumnos, un equipo docente pequeño y grande a la vez, una infraestructura en desarrollo y una estructura interna admirable, lugar en donde aún se vela por los sueños, el crecimiento y el desarrollo potencial de sus estudiantes. Digo precisamente estudiantes, porque no comparto el concepto de “alumnos” cuyo significado es seres sin (“a”) luz propia (“lumnis”).

En este lugar fui a caer con la gran misión de cooperar y ser un aporte, sucedía en ese entonces que necesitaban con suma urgencia subir sus resultados en el SIMCE dado que de no ser así, la escuelita sería cerrada, afectando no sólo a sus docentes quitándoles su lugar de trabajo sino a sus estudiantes quienes deberían emigrar a diferentes escuelas lejos de sus hogares, con otro sistema de aprendizaje, con otra visión de mundo. Es por ello que en conjunto con los profesores y el apoyo de una persona muy especial, desarrollamos la intervención, ellos en la parte pedagógica de entrenamiento a través de ensayos; yo, desde la parte psicológica a través del entrenamiento cognitivo, con estrategias de estudio y aprendizaje, potenciando sus mentes llenas de luz propia pero que no sabían hasta ese entonces lo mucho que podían llegar a iluminar.casita

Pues bien, durante el proceso debo decir que gané y aprendí más de lo que enseñé, me encontré con un lugar en donde se ensañaba a partir de los recursos que ofrecía el entorno, gran iniciativa que hoy en día está casi perdida, niños con dificultades de aprendizaje en el aula, las resolvían fuera, contando las patas de los caballos sumaban y restaban fácilmente, niños con graves dificultades psicosociales, incluso con graves enfermedades a cuestas, me enseñaron la resiliencia, la templanza, la persistencia, niños con gran vergüenza terminaron bailando en los recreos, niños agresivos me entregaron enormes abrazos, niños con dificultades para aprender fueron más rápidos que yo en los ejercicios, niños ad portas a una prueba que definiría su futuro me enseñaron a mí, estudiante de último año de psicología a vivir el presente sin dejar de trabajar por un mañana mejor, niños con carencias económicas, me regalaron sus colaciones, apoderados me entregaron su confianza, profesores su tiempo, debo decir que sin la sinergia de dichos factores, el taller de desarrollo cognitivo y autoestima que realicé durante un par de meses, no hubiese dado los frutos que dio…

Mejor puntaje SIMCE a nivel provincial en la prueba de lenguaje, amplia superación en todas las otras pruebas, no se cierra la escuelita, los niños siguen bailando en los recreos, contando entre las patas de los caballos, cruzando el puente de palos para todas las mañanas llegar a estudiar. ¿Cómo sucedió? Se supone que yo debería saber, no obstante no hubo fórmula alguna, el taller que realicé reuniendo toda mi experiencia, mi aprendizaje como futura psicóloga y más que nada mis ganas de que funcionase, me llevaron a integrar diversas técnicas y estrategias de estudio, vinculando en ellas a los padres, llevando el aprendizaje a la casa, al patio de recreo, al almuerzo, a los juegos y a las dinámicas.

Entrenamos la memoria con juegos que ocasionaron risas, con dibujos del camino que recorrían desde su casa a la escuela (técnica del lugar común), reforzamos la comprensión lectora con poesía, la velocidad lectora con caligramas, la autoestima pintando mandalas, entre otras cosas. En fin, todo pareciera una actividad poco seria, un juego de niños e incluso mis colegas me pueden juzgar, pero la verdad, no importa, no me importa, no nos importa, la meta se cumplió, quizás precisamente por eso, porque en ningún momento dejamos de jugar, en ningún momento hice del proceso una labor, un trabajo de adultos, una obligación impuesta, el libre albedrío, el juego educativo, el silencio incluso en muchos casos sacaron a relucir todo el potencial de estos niños que si podían mejorar, que sí querían mejorar, que sabían negociar conmigo los espacios de recreo y los espacio de estudio, que fueron difíciles en su momento, reacios a más horas de “clases” y que terminaron contagiando a otros cursos para que asistieran a su taller. Eso ya es ganar la batalla, pero no la gané yo sino ellos, el colegio en sí, sus profesores y administrativos, por sus amplias ganas de salir adelante aunque a veces ello implique dar algunos pasos hacia atrás, como los que dieron conmigo, retrocediendo al juego, a los dibujos, a las dinámicas, que sin darse cuenta los hicieron avanzar mucho más rápido de lo que imaginaron ser capaces.

No me queda más que agradecer la experiencia, felicitar a todos y cada uno de ellos por su gran logro en la rendición de la prueba SIMCE, extrañar ese lugar de encuentro, las risas de los pasillos, los almuerzos, la pizarra testigo de tanto aprendizaje, el aula testigo de tanto avance, a cada uno de los integrantes de dicho establecimiento agradezco por confiarme a este grupo maravilloso de niños, y decirles que son la Escuelita (a pesar de sus pequeñas dimensiones) más grande que he conocido y lo son por su sinergia, por su vinculación con el entorno, porque la escuelita no está sólo ahí, está en las montañas, en el camino, en el puente, en el árbol frondoso justo antes de la curva, está en los niños y sus padres, en ustedes, en mí, en los puntajes SIMCE, en las notas del libro de clases, en el juego, en las canciones, en las cartas de regalo que guardo como tesoros, en la tiza y las pizarras verdes… ahí donde nace el primer paso del aprendizaje de un niño… con una tiza que a pesar de todo lo que pueda escribir no olvide dibujar una flecha que apunte hacia fuera, donde están todos los recursos que hacen posible aprender aquello que se enseña ahí dentro, en cada una de las salas de clase de la Escuelita de Santa Rebeca

 

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