¿Inútil?

Raúl Zurita acaba de ganar el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda. Tuve el privilegio de ser miembro del jurado que le otorgó el galardón.

Durante dos días, dos argentinos, un uruguayo y dos chilenos, reunidos en La Chascona en Bellavista y La Sebastiana, en Valparaíso -las casas de Neruda-, conversamos, leímos, debatimos sobre poesía. Volaban versos de poetas de Iberoamérica por la mesa. Poetas notables todos. ¡Qué riqueza la de la poesía de nuestra lengua en comparación con la pobreza de nuestra política! Y qué potencia la de la poesía chilena, cómo ha brotado a chorros en esta isla de fin de mundo que hemos sido. ¡Qué lástima que no se pueda premiarlos a todos!poesía

Qué absurdo que el Premio Nacional de Literatura premie a los poetas cada cuatro años. Al final, la poesía alucinada y vidente de Zurita terminó por congregarnos no en un consenso, sino en una comunión. Más allá de las distintas estéticas, nuestra poesía lleva finalmente a un cierto orden; nuestra política, en cambio, perdió hace tiempo la visión y el poder de convocar y es fuente hoy de desorden y confusión. Es extraño, casi milagroso, que cinco personas sostuvieran una “cumbre” para hablar de lo más inútil: la poesía.

Mientras más espacio ocupe lo inútil en nuestras vidas, agotadas por los imperativos de nuestra sociedad del rendimiento, más esperanza hay de que lo humano sobreviva a la devastación espiritual de un mundo tecnificado. Hasta las universidades, que fueron por centurias espacios de florecimiento del pensamiento, la creación y la ciencia, que solo pueden fructificar cuando hay un respeto por la utilidad de lo inútil, hasta esas universidades se han convertido en fábricas. Del conocimiento, claro, pero fábricas a fin de cuentas. ¿Debieran llamarse todavía universidades si cada día hay menos espacio en ellas para perder el tiempo y ganar el ser?

Además del pragmatismo ramplón, surge otro peligro para la gratuidad (la otra gratuidad) del saber universitario: el de una ultraizquierda infantilista que ha convertido el ágora en una toma infinita. Ninguna de esas dos visiones de la universidad (la lucrante y la ideologizada) soporta lo inútil, que se convierte en subversivo para sus propósitos de manipulación y control.

A mí me parece que la poesía, que es completamente inútil, que se resiste a la medición y al cálculo -y que a diferencia de la filosofía no se obsesiona por “tener” la verdad-, debiera ser la punta de lanza de un movimiento de resistencia frente al pensar calculante en cualquiera de sus formas.

Que sea inútil no significa que no se preocupe ni interese por los sufrimientos ni los dramas humanos; todo lo contrario. La poesía, lo estético tocan al hombre en las profundidades de su dolor o su júbilo, pero respetando siempre su sagrada libertad, jamás reduciéndolo a número, jamás permitiendo que este se pierda en la masa o en el “rating”. Basta leer a Zurita para darse cuenta de adonde nos conduce y guía la poesía: al fondo del pozo donde ha sido empujado el ser humano por las aberraciones de la historia, pero en ese pozo el poeta no deja de ver reflejadas las estrellas del más alto cielo.

El día que se constituyó el jurado del premio de poesía Pablo Neruda llegué un poco antes que el resto de los integrantes a la casa La Chascona, a las faldas del cerro San Cristóbal. Subí al tercer piso de esa casa laberíntica y miré afuera: sentí vértigo, por no decir pavor. Ante mí, un hoyo gigantesco, desmesurado: habían sido demolidas las construcciones aledañas a la casa del poeta, y las grúas trabajaban con celeridad para levantar un centro comercial. ¡Al lado de la casa museo de Neruda! Minutos más tarde, cinco inútiles hablarían horas de horas de poesía, mientras abajo la demolición avanzaría, inclemente. ¿Puede la poesía detener el desierto que avanza? ¿O es la resistencia por la palabra, a estas alturas, completamente inútil?

 

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