Política de la ternura: Todos los niños son indígenas

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Durante una conferencia en nuestro país le preguntaron al pedagogo, escritor, dibujante y activista por los derechos de los niños, Francesco Tonucci, qué opinaba sobre la situación de la infancia indígena en Chile. Él respondió: “primero que todo, hay que decir que todos los niños son indígenas”.

Su respuesta fue misteriosa, pero escondía una verdad muy profunda no sólo acerca de la infancia, sino también sobre los adultos. Los niños son los pueblos originarios de la humanidad. Claro que tendrán que ir renunciando a su propio ser originario para entrar en la lógica adulta. Pero ¿Qué es la lógica adulta?

José Andrés MurilloLa lógica adulta, o lo que algunos llaman el adultismo, adultocentrismo (o también algunas formas de patriarcado), es una lógica muy particular marcada por la voluntad de poder, de dominio sobre la naturaleza y sobre los demás. Se trata de la lógica dominante en Occidente a partir de la Modernidad, que lo comprende todo desde un racionalismo radicalizado, economicista y binario (costo/beneficio; dominante/dominado; derecha/izquierda; útil/inútil; normal/anormal; verdad científica/fantasía o mentira).

El adultismo no es natural ni lógico, como pretende serlo, sino que en la práctica no es más que una ideología. Nuestro mundo contemporáneo vive sometido a esta ideología adultista, cuyos cimientos filosóficos se encuentran en el origen de lo que los filósofos llaman la Modernidad: el miedo de todos ante todos (Hobbes); el dualismo mente/cuerpo (Descartes); el progreso infinito; la transformación de todo lo que existe, incluso de las personas, en unidades de cálculo exacto: calificaciones escolares, estadísticas sociales, tests de inteligencia, segmentos sociales, costos y beneficios, etc. Para la lógica adultista, todo en la vida es parte de una carrera por tener y dominar cuantitativamente más.

Lo que sorprende es que hasta ahora ninguna crisis ha gatillado un verdadero cuestionamiento práctico del orden mundial impuesto a partir del “moderno” adultismo. Estas crisis no han sido pocas, y todas han sido provocadas por el propio adultocentrismo: las Guerras Mundiales, la Guerra fría, las hambrunas, las crueles revoluciones y dictaduras, las crisis económicas y las inminentes crisis ecológicas. No han sido suficientes para que como humanidad nos hagamos la pregunta: ¿es esta la única manera de ordenar el mundo?

La respuesta claramente es NO, y es exactamente esto lo que sugiere Tonucci. Los niños, así como los indígenas, representan alternativas a la homogeneizada lógica adultocéntrica occidental. Los niños no son ilógicos, sino que no están sometidos al dominio de la lógica matemática occidental contemporánea, y eso inseguriza a los adultos. La manera en que los niños miran el mundo cuestiona como los adultos interpretan y valoran todo.

Esto no significa que los niños tengan otra lógica dura contrapuesta racionalmente a la lógica adulta, como si fuera una alternativa binaria confrontacional – puesto que una lógica así terminaría utilizándose también para someter a otros – sino que simplemente presentan una cuestionante lógica de-otro-modo[1].

Tal vez por eso los adultos intentamos silenciar el mundo de los niños, hasta el punto de llamarlos in-fantes, es decir sin-voz (del latín in=sin y farô=habla). El mundo de los los niños – infantil – es un mundo silenciado por el mundo adultista.

Pero el mundo necesita el la voz de la infancia, esa voz que trae una lógica diferente, siempre nueva, novedosa, lógica de esperanza. Es más, sólo la infancia y su lógica novedosa pueden interpelar y salvar el mundo adultocéntrico y su angustiosa auto-seguridad y violencia totalizante. Ahora bien, la interpelación que ejerce la infancia no proviene de un poder violento alternativo, sino desde un poder de otra manera, un poder más profundo y renovador: el poder de la ternura.

La ternura no es debilidad, sino fuerza. Una fuerza diferente que nace de la fragilidad y la impotencia, y que aún falta comprender verdaderamente, traducir en acción concreta, en discurso, en política, en economía. Es que si adultista es el poder-dominante que busca dominar a otros, el poder infantil, de la ternura, es el poder-cuidante, que busca cuidar unos de otros. No es extraño: es exactamente lo que sentimos la mayoría de los adultos cuando experimentamos ternura ante un recién nacido o un niño: deseo de cuidar, enseñar, potenciar, no de dominar.

La ternura contiene una lógica que puede – debe – ser tremendamente poderosa, y que debe construir su correlato político. Tenemos que crear una manera de hacer política desde la ternura, y no sólo desde la voluntad de poder. Una manera diferente, tal vez la única manera que nos salvará de absurda, egoísta, ansiosa y violenta manera de hacer política hoy, de manera adultista, que ya nos ha dejado varias veces al borde de la destrucción más total. Y para eso es bueno pensar en lo que sucede cada vez que nace un niño. El nacimiento de un solo niño o niña trae consigo la posibilidad radical de un nuevo mundo (Hannah Arendt), y es eso lo que tenemos que defender con toda la fuerza de la que somos capaces, una fuerza, una fuerza nueva, que nazca también desde la ternura y no de la voluntad de poder.

 

Por José Andrés Murillo

José Andrés Murillo 

1 comentario para “Política de la ternura: Todos los niños son indígenas”

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  • avatar Patricia Polastri dice:

    Buenísima reflexión. El mundo adulto le ofrece al niño una mirada polarizada, de extremos y no alcanza a hacerlos contemplar los matices que hay en entre estos polos.

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