Libros, libres

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“Siendo rigurosos, habría que distinguir entre feminismos razonables y feminismos fanáticos”.

Han surgido voces en España pidiendo eliminar de los programas de enseñanza las obras de algunos autores, por considerarlos “sexistas”. En esa lista negra entraría el poeta Pablo Neruda, entre otros. Mario Vargas Llosa ha encendido las señales de alerta llegando a afirmar que hoy el peligro mayor para la literatura es el feminismo. Siendo rigurosos, habría que distinguir entre feminismos razonables y feminismos fanáticos. Tal vez Vargas Llosa tema que algunos de sus libros “subidos de tono” puedan entrar en un futuro en esa lista negra.

Si Neruda es eliminado, la obra de Pablo de Rokha, poeta patriarcal, el “macho anciano”, debiera ser quemada. Un botón de muestra: “¡Ahí va Raimundo Contreras levantándole las polleras a la luna/ y besándole las tetas a la noche!”. Al lado de eso, Neruda es un niño de pecho: “Blanca mujer, blancas colinas, muslos blancos/ te pareces al mundo en tu actitud de entrega/ y mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace estallar al hijo desde el fondo de la tierra”. Es evidente que ese tono patriarcal de De Rokha, de un Licantén en que los hombres andaban con la pistola al cinto, puede chocar en nuestros tiempos. Pero ¿vale la pena entrar en un revisionismo del pasado para tratar de limpiar de la historia de la literatura todo lo que hoy nos parezca reprobable e incluso en algunos casos deleznable?

Se corre el riesgo de, al arrancar la cizaña, arrancar también el trigo. Ello, incluso, puede producir un efecto contrario del buscado. Me imagino a jóvenes lectores leyendo a escondidas los poemas censurados de Neruda y de Gonzalo Rojas, campeón de la lascivia erótica masculina. Los españoles recordarán perfectamente el escrutinio de los libros que ocurre en el “Quijote”. Efectivamente, los libros de caballería le habían “secado el celebro” a Alonso de Quijana, ¿pero la medida era eliminarlos? La mejor crítica a esos libros fue la ironía de Cervantes, hastiado de una literatura de moda entonces y que estaba “alienando” a algunos lectores. De esa ironía nace la novela moderna y el “Quijote de la Mancha”…

Pienso que la mejor manera de combatir ciertos arquetipos y prejuicios de un patriarcalismo trasnochado hoy puesto en tela de juicio (y con razón) sería crear novelas y poemas en los que se ironizara ese machismo (una parodia cervantina ) o creando nuevos arquetipos literarios de la relación hombre-mujer. La joven poeta de la generación del 90 Alejandra del Río, por ejemplo, hace un ejercicio de crítica en un poema de su libro “Dramatis Personae (recién aparecido) del Rojas lascivo y machista, pero con estilo, humor, sin beatería alguna.

Como dijo Sergio Ramírez, el reciente galardonado Premio Cervantes en su discurso de recepción de ese premio, las novelas pueden indagar en las realidades políticas de su tiempo, pero nunca reducirse a panfletos sobre ella. Hay algo en toda buena literatura que escapa a la intención expresa del autor, como el Quijote se le escapó de las manos a Cervantes. En buena hora. Un panorama literario solo con libros políticamente correctos desvitalizaría la literatura, espacio de indagación en el inconsciente, con sus luces y sombras.

La energía hay que ponerla en crear buena literatura; no en abrir nuevos tribunales inquisitoriales o comités de censura, por muy loable que sea la causa que se enarbole. Tan agresivo e insoportable como lo es un machismo retrógrado es el antisemitismo, enfermedad que padecieron varios y notables escritores del siglo XX. Al primero que habría que eliminar es a Louis Ferdinand Céline. ¿Pero alguien pensaría en sacar de los programas de lectura “Viaje al fondo de la noche”, la novela más importante de la literatura francesa del siglo XX? Eso sería el comienzo de una nueva Noche, una de las tantas que ha vivido el libro a lo largo de la historia y que vale la pena recordar cuando estamos celebrando el día del Libro, del libro libre… Los inquisidores pasan, los libros permanecen.

fuente: El Mercurio 

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