El desafío de los patios escolares es lograr seducir a los alumnos absortos en las pantallas

recreoLa presencia de adultos, el foco en áreas verdes y la división por zonas más allá de las deportivas -como una para juegos de mesa, por ejemplo- son tendencias que muestran buenos resultados.

Por Margherita Cordano F. en El Mercurio

Con la idea de dedicar más tiempo a las actividades académicas y así mejorar los resultados de sus estudiantes, a principios de los 90 varias escuelas japonesas optaron por disminuir el número de recreos que tenían: los períodos de pausa se hicieron más cortos y tuvieron una menor frecuencia.

La propuesta terminó por descartarse cuando los profesores notaron que en vez de aumentar el rendimiento de los niños, la falta de recreos los volvía irritables, los estresaba y los hacía menos sociables. La recomendación pasó a ser que tras una hora de clases, los alumnos japoneses pudieran descansar entre 10 y 15 minutos. La sugerencia fue destacada por la Academia Americana de Pediatría en su artículo “El rol crucial del receso en las escuelas”, donde se definen los recreos como esenciales.

“Ofrecen un tiempo para descansar, jugar, imaginar, pensar, moverse y socializar. Después del recreo, los estudiantes están más atentos y mejor capacitados para desempeñarse cognitivamente. Además, a los más pequeños los ayuda a desarrollar habilidades sociales que no siempre se logran adquirir en un ambiente de clases más estructurado”, indica la publicación.

En los últimos años, múltiples estudios han permitido llegar a afirmaciones como la anterior, ayudando, de paso, a definir cómo debería ser un buen recreo.

En junio de este año, la Universidad de Oregon State publicó que la presencia de adultos en el patio es clave para disminuir posibles conflictos, mientras que la de Missouri antes indicó que separar el patio por zonas ayuda a involucrar a más niños en actividades recreativas. Colorado Boulder afirmó que la presencia de naturaleza ayuda a disminuir los niveles de estrés infantil.

“Un patio que solo se constituye en base a las canchas deportivas está validando y promoviendo el desarrollo de un grupo de estudiantes a los que les gusta el deporte. Si por el contrario, se delimita el espacio deportivo y se ofrecen otras oportunidades de juego, el espacio se democratiza”, indica Ángela Ibáñez, directora ejecutiva de Patio Vivo, fundación dedicada a desarrollar proyectos en los patios escolares, con el fin de convertirlos en paisajes de aprendizaje, que motiven la buena convivencia y el juego libre, entre otros.

Espacio hostil

En Chile, “los patios escolares por lo general han quedado como espacios residuales del edificio escolar, no tienen una intención pedagógica. Los lugares de recreo son espacios duros de cemento. Algunos niños juegan fútbol, mientras otros permanecen sentados en los perímetros de los patios. Muchos otros corren de un lado a otro gritando; el movimiento es caótico”, describe Ibáñez.

Al intervenir incorporando estructuras de juego de forma consciente, los colegios tienen mayor oportunidad de luchar contra algo que Ibáñez ha podido notar en el último tiempo: la oferta que entregan los recreos no siempre logra seducir del mismo modo que las pantallas o los audífonos de un celular.

“Son sobre todo los adolescentes quienes se aburren, porque el espacio es hostil, así que recurren al celular como forma de resguardarse y entretenerse. Ahí se está perdiendo la oportunidad de que socialicen”.

Los juegos no tienen por qué ser demasiado sofisticados ni mucho menos estructurados. En Patio Vivo han incorporado columpios y hamacas, por ejemplo. Y como rayar las paredes parece ser del gusto de los alumnos, han sumado muros de pizarrón para que dibujen ahí.

Daniel Barría, director ejecutivo del Observatorio del Juego, que promueve la actividad como una manera de motivar experiencias de aprendizaje positivas y de colaboración, explica que es común pensar que el juego solo se asocia con estudiantes de básica, cuando en realidad no es así. “El juego funciona en todos los niveles, solo que los estudiantes de media juegan otras cosas: juegos de carta o de mesa, ping pong. Los adolescentes pueden ser menos activos que los más chicos, pero no pierden las ganas de jugar”, enfatiza.

El juego -continúa Barría- “es social y nos permite vincularnos con otros, fortaleciendo la convivencia escolar. Se fortifican los lazos entre estudiantes, se previenen conductas agresivas y matonaje, al mismo tiempo que se incentivan conductas de buen trato”.

La psicóloga y académica de la Facultad de Educación de la Universidad de los Andes, María Paz Gómez, concuerda con sus beneficios. “Es necesaria esta oxigenación a nivel de cerebro; poder descansar cuando se estuvo sometido a todo lo que tiene que ver con el aprendizaje. Una actividad lúdica permite después retomar actividades con mayor flexibilidad y apertura”, dice. En el caso de los niños, “en el recreo además se inventa mucho, es una instancia de mucha creatividad”. 

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