¿Aula Segura o el baile de los que sobran?

Estos días reflexionaba sobre como estarían sintiéndose esas madres o padres de los así llamados colegios emblemáticos. ¿Qué conversaciones estarían teniendo en sus casas? Luego pensaba en como otros, desde otros ámbitos han estado generando también conversaciones respecto de esos mismos colegios y con ello de esos alumnos y sus familias.

Carolina Carvacho M. Psicopedagoga y Ed. Diferencial. Diplomado en competencias docentes, en el Tecnológico de Monterrey y la Universidad de Cambridge. Magister en Biología-Cultural en la Universidad Mayor y es colaboradora de la Escuela Matríztica de Santiago. Magister Biología-cultural M. en Género y DDHH.

Carolina Carvacho M.
Psicopedagoga y Ed. Diferencial. Diplomado en competencias docentes, en el Tecnológico de Monterrey y la Universidad de Cambridge. Magister en Biología-Cultural en la Universidad Mayor y es colaboradora de la Escuela Matríztica de Santiago. Magister Biología-cultural M. en Género y DDHH.

Mi primera observación, es que parece imposible no sentir dolor y temor de cómo nos estamos mirando, cuando lo que predomina es buscar soluciones en una constante dinámica relacional negadora.

Si pensamos en que somos la fuente, el centro y la realización de todo, como dice nuestro biólogo Humberto Maturana, podemos buscar las respuestas a nuestras preguntas, en nuestra propia experiencia como seres humanos.

De hecho, creo que cada vez que queramos resolver problemáticas humanas, debiéramos hacerlo desde el entender nuestra naturaleza como seres vivos y como seres humanos, cómo es que vivimos y cómo es que generamos los diversos mundos que habitamos como seres humanos en las comunidades a las que pertenecemos.

Ante la diversidad de miradas que son posibles desde lo familiar, lo social, lo económico, lo político, lo cultural en definitiva; si hablamos de nuestra existencia humana hacerlo desde entender nuestra naturaleza como humanos, es recurrir a lo más común que tenemos para poder lograr entendernos, convivir y hacer cosas juntos de una forma que respete nuestra diversidad de miradas, historias, experiencias y territorios, eso es desde nuestra biología.

Por otra, parte si miramos desde allí, podremos ver que siempre actuamos como personas con ámbitos experienciales distintos que se entrelazan en una matriz cultural de relaciones y acciones, que lo primero que nos revela es nuestra condición sistémica de existencia. Entonces, si somos seres sistémicos, podemos preguntarnos por las consecuencias que traen consigo nuestras opiniones, pensamientos, sentimientos o acciones, sobre las problemáticas humanas que nos ocupan.

Hace unos meses caminando por la playa con mi hijo, tocamos el vientre de una gaviota, la cual se encontraba muerta, descubriendo que en ella había una tapa plástica. Recordamos entonces la noticia que ha dado la vuelta al mundo en estos días sobre la así llamada isla de plástico del océano pacífico cerca de la costa oeste de los Estados Unidos. Entonces conversamos sobre cómo es que, aunque no lo vemos, nuestras conductas hicieron posible una cosa y la otra, con graves consecuencias no solo para el habitar humano, lo que nos tiene en una crisis ambiental sin precedentes. En el fondo es una crisis de supervivencia, aunque aún no integramos esto.

Cada decisión y cada acción que realizamos tiene consecuencias en nuestro vivir y convivir, en el de los otros, en nuestra comunidad, en la biósfera que habitamos y en el mundo. Aunque queramos, no podemos separarnos de las consecuencias de nuestras acciones, aun cuando parezca que pueden afectar o impactar más a otros que a nosotros mismos.

Esto lo sabemos y sin embargo no lo dimensionamos, porque parece que no nos detenemos a mirar estas consecuencias con sentido de responsabilidad individual-social, es decir con sentido ético. Estamos inmersos en una cultura de la inmediatez, buscamos soluciones rápidas y sin embargo, no nos detenemos a mirarlas de cara a nuestra biología, es decir, qué hacemos, cómo pasa esto, qué puede pasar si, qué queremos conservar en nuestros mundos que co-existen con sentido ético.

Hace algún tiempo, el capellán de gendarmería, Luis Roblero, entrevistado en el contexto de lo sufrido por ciudadanos ecuatorianos recluidos en una cárcel de Santiago (aquellos que golpearon y asesinaron a Margarita funcionaria de la Universidad de Chile en las cercanías de la escuela de Ingeniería de esa Universidad), expresó ante los fundamentos, teorías y/o prejuicios de los panelistas del medio en que se realizaba la entrevista, que las cárceles estaban llenas de personas, cuyos derechos han sido violentados, “mundos castigados desde la cuna”. Es decir, nos mostraba que ese presente violento que nos impacta tiene su historia. Una historia que ha surgido de una vida que no ha sido la nuestra, ni siquiera parecida.

Es decir, sin justificar para nada lo sucedido con Margarita, les invitaba a mirar la historia humana de los que realizan estos actos tan brutales y a ver, también, la responsabilidad política de las decisiones que tomamos al respecto. Es decir los invitaba a ver las consecuencias que vemos y vivimos hoy como individuos y como sociedad por nuestras cegueras culturales. El nos dijo: “En Chile existe la cultura del abuso, está presente, desde el día que encierras a los más pobres y a los otros no”.

Cito aquí esta entrevista, de Mesa Central, porque siento que es muy rica para abrirnos a reflexionar. De hecho nos muestra como la violencia histórica vivida en la niñez culmina por ejemplo, con la violencia carcelaria, y también invita a mirar como realizamos nosotros esa misma cultura, desde incluso las políticas públicas que generamos y de las cuales parece que como sociedad y como clase política no nos hacemos responsables sistémicamente.

Si queremos entender las dinámicas de violencia, tenemos que mirar las condiciones que le dan origen, los niños, niñas, niñes y jóvenes no llegan vacíos a las aulas, con ellos va su historia de interacciones, es decir su ámbito experiencial. A los que les gustan las explicaciones desde las neurociencias, esas historias van en el “cableado” del Sistema Nervioso, permitiendo un estilo conducta aprendido en la historia de sus interacciones, que hacen posible hoy que nuestros niños, niñas, niñes y jóvenes, cuenten con un repertorio de acciones posibles ante determinados hechos que viven en este presente cultural.

Si tenemos la audacia y la valentía de mirar las condiciones en que ocurre, como también ampliar la mirada para ver las acciones que los adultos generamos con nuestras decisiones y acciones, podremos encontrar y visibilizar las pautas o dinámicas sistémicas que sostienen estos comportamientos. Es por no entender la naturaleza sistémica de tales comportamientos, que buscamos suprimir sin éxito esos estilos de conducta que distinguimos tan fácil como actos de violencia, incluso arriesgando una escalada en esos comportamientos.

La violencia es un modo de convivir, un estilo relacional que se sustenta o surge de redes de conversaciones, que conserva un emocionar particular, y en esa matriz de relaciones y acciones, los que participan no las ven, son ciegos a la naturaleza emocional que guía esos comportamientos en una dirección u otra.

En una red de conversaciones donde la negación del otro esta dada en la cotidianidad, desde la psiquis o cultura patriarcal que busca someter, resolver los desacuerdos por medio del castigo, la represión, la discriminación, etc., la violencia es solo una de las posibles consecuencias de estas redes de conversaciones (acciones y emociones) que llamamos cultura.

Es decir, la gran paradoja que surge al reflexionar sistémicamente sobre estos hechos es que las propias decisiones políticas desde los sostenedores, desde la alcaldía o las autoridades, desde la comunidad educativa, desde la sociedad, son las que hacen posible la conservación o ampliación las distintas reacciones, porque cada vez que escogemos mirarlas como si ocurriesen en el vacío lo que hacemos finalmente es alimentar las condiciones para su recurrencia o crecimiento.

¿Qué esperamos entonces? ¿Qué nuestros niños, niñas, niñes y jóvenes sepan como hacerlo si los adultos que debemos brindarles un nuevo modo de relacionarse no lo hacemos porque actuamos desde la misma matriz que genera ese dolor? Digo esto, porque parece que le pedimos a ellos, ellas y elles que tengan los recursos o herramientas para transformar esto y no a nosotros, quienes no solo declaramos que somos adultos, sino que tenemos la responsabilidad de serlo en este presente en que convivimos con ellos como generadores sistémicos de los posibles mundos que ellos aprenden con nosotros.

Así, lo de Aula Segura tristemente generará una dinámica de exclusión, de castigo (que se vivirá lo más probable como un acto violento también) para resolver dinámicas de violencia que no se han entendido del todo cómo surgen y por qué surgen.

No existe un país exitoso en educación que haya logrado cuidar o salvar a sus jóvenes en un espacio conversacional así, donde el acento está en la expulsión y la criminalización, pero no está en el desarrollo de las competencias y habilidades relacionales de los adultos con los que los jóvenes realizan su convivir en los distintos espacios, como también en donde la comunidad toda posibilite nuevos modos de convivencia democrática.

Lo anterior, implica un nuevo emocionar, donde todos los actores cobren presencia, es decir pertenencia e identidad, en una cultura de inclusión y colaboración. Bueno, quizás queremos darlos por perdidos y son los que sobran. Si  así fuese, recuerde no podemos separarnos de las consecuencias de nuestras acciones, aunque parezca que impactan a los otros y no, a nosotros mismos.

 

  

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